miércoles, 16 de abril de 2014

Suspiro



"Y en esa calle de estío, calle perdida,
dejó un pedazo de vida, y se marchó."
Naranjo en flor



     Escribo para poder dejarlo ser. Para no tener siempre presente el recuerdo por miedo a olvidar los días felices. Ahora estoy solo. Extraño y me siento extraño. Ya no hay más palabras entre nosotros: todo se reduce a un distante silencio. Al movimiento indiferente de la ciudad que ensordece, apabulla. Una conexión entre dos personas se perdió, y el mundo marcha.
     Toda esta tristeza es un suspiro de luna. Aquella que veíamos llena, desnudos en la terraza. Como si fuera un espectáculo único para nosotros. Me equivoqué.
     Miedo. Miedo a querer. Miedo a querer y perder. Y se perdió. Me apena saber que el tiempo disuelve los sentimientos, tan rápido como nos disuelve a nosotros. Estando condenados al olvido, me apena olvidar. Sólo queda disfrutar del sabor dulce y amargo de lo efímero.
     Nuestra condición de fumadores nos unió en el balcón. Charlamos toda la noche. De rayos, de truenos, de reverberación, del horizonte. Me cautivó la profundidad de su mirada, un lago triste, que cuando se agita es mar. Nos encontró la fatalidad.
     No hay ningún tipo de comunicación entre nosotros. Bordeamos una frontera. Cada tanto un ave cruza de lado, migrando, pero el miedo la lleva a retornar. De ella sólo queda una estela fugaz atravesando el cielo, imperceptible. Ese minúsculo vacío que deja, es suficiente para crear una brisa, la más pequeña de todas, pero que roza la piel: eriza. Me veo impedido de cruzar.
     Sólo puedo estar de este lado, en los confines. Espero un gesto, un ave grande como un albatros, que no creo que llegue. De a poco me veo en la necesidad de darle la espalda al límite, sabiendo que nada va a cruzarlo mientras esté dado vuelta. Cierro los ojos. Escucho, expectante. Soy un cazador sin presa: estoy al acecho del movimiento que no es y que no va a ser.

Ricardo Baviera

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