Mi abuela está contenta de vernos. No me reconoce en el nivel de la palabra, no me puede nombrar, pero sí en el del afecto. Habla del agua que va y que viene, el problema de sus últimos días. Nunca supe qué agua era. Una metáfora, tal vez, de su fluir que cada vez iba más y venía menos. "Vos sos el más lindo de tus hermanos... Pero no les digas", acaricia mi cara mientras mira un poco ausente, profunda, en paz.
Años después mis rasgos cambiaron un poco y se asemejan mucho a los de un abuelo que nunca conocí. La belleza, a veces, es el amor por un recuerdo. Tal vez era el germen que estaba en mí, una semblanza similar a la de su compañero.
Dos personas que nunca se cruzaron. Por poco. Una muerte al mismo tiempo que otra vida se gestaba. Me puedo ver en el espejo y pensar que, de cierto modo, parte de mi rostro me antecede. Pero no puedo saber si el ritmo, si sus movimientos, se asemejan. ¿Habrá una risa parecida? Es más probable que seamos parecidos en la seriedad, en el rostro pensativo, que tiende a lo inmóvil.
Y ella se fue un tiempo después. No pude volver a verla. En nuestro último encuentro me sentí solo. Ya no estaba. El agua no volvió.
Ricardo Baviera
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