domingo, 27 de abril de 2014

Típico de Virgo

      Me caías tan bien. Con tus neurosis, con tus obsesiones, con tu pequeño gesto de acomodar el salero en la mesa, con tu manía de alejar los vasos del borde de ella, por miedo a que se caigan en un acto de torpeza. Con tu fantasía nunca realizable, al quedarte siempre en imágenes posibles, pero poco probables, sin poder ver lo que sucedía enfrente tuyo. Mente de pasado, mente de futuro. Pero poco presente. A veces, ausente.
     En un primer momento, cuando te conocí, me molestaba tu tendencia a querer controlar hasta la más mínima brisa que entraba por el ventanal. Hasta la risa, cuando las pequeñas humoradas te provocaban llanto. Odiabas que te hiciera cosquillas. Típico de Virgo.
     “Siento que estoy perdiendo el tiempo”. Cuánta arrogancia encierra esa concepción. El tiempo que se pierde, ¿a dónde va? ¿Se puede, realmente, perder el tiempo? Creo que es una ilusión más, omnipotente, de poder controlar cada acontecer que te rodea. Pero creo que esas palabras nacen desde la inocencia de querer poseer el mundo, por miedo a que cambie más rápido de lo que podemos aprehenderlo.
     Y ahora, parado en los confines, viéndolo en perspectiva, siento que lo nuestro era una construcción, en la que me permitías el caos que emano (y en el que tengo fe). Y que me aceptabas a pesar de ser un vagabundo que caminaba sin certezas, emprendiendo recorridos nunca planeados, no pensados, en búsquedas en las cuáles lo que menos importaba, era encontrar.
     Sabías que no veía ese vaso en el borde: lo golpeaba, y se hacía añicos. Sabías que ni las cajas de cartón (esas que tenías perfectamente clasificadas cuando te mudaste), ni las manos, me servían para encerrar lo que intuía. Que siempre estaba buscando tensarlas, hasta que estallasen. Que también tengo obsesiones, como vos, pero que son rodeos, que piden ser líneas de fuga: precipitarse a velocidad infinita.
     Y que a pesar de no estar locos el uno por el otro, nos comprendíamos, éramos compañía. Mirarte a los ojos y encontrarlos vacíos, cuando estabas absorta. Mirarte a los ojos y encontrar el brillo, cuando relatabas una andanza nocturna por un parador desierto en una tierra cercana, pero lejana. El vértigo de lo desconocido, de lo que no se amolda, de lo que siempre quiere escapar. Nunca podría definir la vida, pero lo poco que sé, es que desborda.
     Mientras cenaba solo, y sin pensarlo, acomodé el salero en la mesa. Vuelvo a ver la foto que nos sacamos aquel día frío en la playa, cuando te quejabas de la molestia que te provocaba la arena. Me reía. Nunca creí del todo en sacarse fotos para conservar un recuerdo. Entonces me percato de que hoy me quedé en el pasado. A fin de cuentas, no somos tan distintos, por momentos también soy tan... típico.


Ricardo Baviera

No hay comentarios:

Publicar un comentario